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Diario de una semana: Lunes

2007.10.03

LUNES

Me desperté con un sabor semi-amargo. Como aquel del chocolate, cuando uno no sabe bien si poner caras raras por la amargura o disfrutar el curioso gusto que produce en el paladar. El fin de semana había dejado sentimientos encontrados.

Apenas tomé conciencia de la hora, me di cuenta que me había despertado demasiado tarde. Sabía que había dejado atrasado trabajo de la semana anterior. Esa sensación de venir detrás de una agenda de trabajo me agota. Haciendo un acto que denota una enorme fuerza de voluntad, evité la taza de café y prendí la computadora. El esfuerzo que me costó concentrarme y ponerme en una segudilla de pequeñas tareas completas fue inversamente proporcional a lo que me costó distraerme. Un rayo de sol se colaba entre los bastones de mi persiana americana. Bueno, ahora sí: a trabajar.

Suena el teléfono. Siempre suena el teléfono.

— “Hola, ¿se encuentra Erwin?” —dijo una voz de una señora mayor del otro lado. Siempre me pregunté por qué tendemos a intentar adivinar la edad de la persona que habla en el teléfono. Es algo casi inconsciente, automático. Es fácil descifrar el sexo la mayoría de las veces, será por eso que nos concentramos en intentar averiguar cuántos años tiene nuestro comunicador invisible; como si fuese una pequeña investigación para endulzar los días rutinarios. Yo le dí unos sesenta y tres y medio.

—“No señora, tiene el número equivocado” —respondí con cortesía.

El teléfono sonó dos veces más.
—“Señora, el número que me dice es este, pero aquí no vive ningún Erwin”.
—“Bueno” —dijo con notoria desconfianza y cortó. No lo podía creer, estaba seguro que si le decía: “No, espere, es una broma. Ahora lo llamo.” me iba a contestar con algo como: “¡Viste, yo sabía!”. Hay gente que está loca y siempre pregunta por los nombres más extraños.

Con una mueca de asombro volví a inundarme en bocetos, textos y sitios web: eso lo que hago diariamente. Luego de unas dos horas volví a interrumpir. Esta vez fueron mis pensamientos que golpeaban con fuerza en mi cabeza. Escribí un poema, o al menos eso parecía. Nunca aprendí de conteo de sílabas ni de prosas. No me importó, sirvió para tranquilizarme un poco y sacar del alma lo que tenía para decir.

Finalmente volví al trabajo, solo me quedaban algunas pocas cosas para terminar. Al poco tiempo me dije: “Necesito hacer algo interesante”. De ahí en más supe que esa iba a ser la búsqueda de mi semana.

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